Perfect Days: la película que cambió mi vida
Mi cambio de mentalidad sobre la rutina, tiempo y felicidad
🏷️ Categorías: Felicidad, Lecciones de vida, Minimalismo, Tiempo.
¿Puede el cine cambiarte la vida?
Una característica del arte es su capacidad para generar emociones en el espectador. Emociones que, según el impacto que tengan en nosotros, pueden provocar cambios en nuestras vidas o hacernos tomar decisiones que éramos incapaces de tomar.
Hoy hablaremos de Perfect Days, la película que cambió mi vida.
En un mundo cada vez más acelerado y superficial, con una sociedad impaciente y una atención menguante, esta obra nos recuerda cuál es el ritmo de vida natural. La obra, con su calma, es un acto de resistencia a la deshumanización en la que vivimos.
Conoceremos a Hirayama, un limpiador de baños de Tokio que cambiará tu visión.
Entraremos en sus rituales: hacer la cama, regar las plantas, café de la mañana, elegir un casete que escuchar para durante el camino en coche al trabajo, sus ratos de lectura en la lavandería, su baño diario y leer antes de dormir.
Pequeños gestos que revelan a un hombre meticuloso, tranquilo y… muy feliz.
“Ahora es ahora. La próxima vez es la próxima vez.”
En la película, Hirayama le dice estas palabras a su sobrina Niko.
Lo repiten pedaleando sobre un puente al atardecer y, si tuviera que reducir Perfect Days a una sola idea, sería justo esa. Cada instante merece ser vivido vivido, todo momento es valioso. Este concepto se denomina en japonés ichi-go ichi-e, y esto que suena tan bonito, exige algo difícil de conseguir en este mundo frenético: presencia.
Se logra cuando aceptas que tu vida sucede aquí y ahora.
No ayer con los lamentos de lo que pudo haber sido.
No mañana con la ansiedad de pensar en el futuro.
La vida sucede ahora.
Hirayama nunca corre.
No escucha podcasts mientras hace otras cosas ni escucha mensajes a velocidad x1.5. Él no depende de la tecnología para casi nada. Se despierta con el sonido de una escoba de un barrendero en la calle, dobla el futón, riega sus plantas, compra el mismo café de siempre, elige una cinta de casete (Lou Reed, Nina Simone, The Velvet Underground), conduce su furgoneta, limpia baños en la ciudad de Tokio. Vuelve a casa, lee unas páginas de algún libro, apaga la luz. Repite.
Y, sin embargo, no repite.
Eso es justo lo que cambió mi mentalidad.
Hirayama es lo contrario al mito de Sísifo. Sísifo repite su rutina como si fuera un castigo, siempre empujando la misma roca. Hirayama es al revés, ama la rutina porque descubrió el secreto: apreciar cada detalle que hace único a cada día mientras repite rutinas que se han vuelto placenteros rituales que dan sentido y orden a su vida.
Hace lo mismo y ningún día es igual, siempre hay detalles nuevos por descubrir.
Un pájaro cantando en una rama de un árbol.
Una conversación inesperada y agradable.
Una hermosa puesta de sol.
Al vivir despacio, puede saborear cada detalle, pero no te dejes engañar…
Hirayama no es siempre feliz, la vida tiene altibajos, pero su orden, modestia y atención al detalle hacen que, en conjunto, sea muy feliz. Una vida opuesta a la de la mayoría de la sociedad, que espera con ansias las vacaciones para escapar de sus rutinas, que entran en un consumismo exagerado solo por buscar placer en la novedad, pero que nunca les termina de satisfacer compren lo que compren.
Hirayama tiene pocas cosas y por eso las disfruta más.
Hirayama vive lento y por eso vive más.
¿Qué tanto te pareces a él? Esa fue la pregunta que me hice durante toda la película.
Komorebi
Esta idea japonesa flota por toda la película y la impregna de magia.
Komorebi (木漏れ日) es una palabra japonesa que describe el efecto de la luz del sol filtrándose a través de las hojas de los árboles, creando un juego de luces y sombras.
Sombras danzantes. Un patrón que solo puedes observarlo si te detienes y estás presente. Jamás lo apreciará quien corre de un punto a otro de la ciudad, angustiado por el estrés y mirando la pantalla de su móvil en lugar del parque por el que camina.
Hirayama almuerza siempre en el mismo banco del parque y mira hacia arriba.
Saca su cámara analógica y mira los árboles. “Clic”. Una nueva instantánea de komorebi. No colecciona “contenido” para lucirlo en Instagram; guarda bellos fragmentos para su diario fotográfico. Lleva el carrete de su cámara a una tienda de fotos y las guarda en papel, no tiene que exhibir nada de lo que hace, no lo necesita.
Su sobrina Niko le pregunta que si sus amigos son los árboles. Dice que sí.
Su diario ha sido testigo del crecimiento de los árboles durante años.
Su lentitud le ha permitido saborear hasta del crecimiento de los árboles.
Los árboles son su diario, es su forma de contemplar el sutil movimiento de lo inmóvil.
El elogio de lo ordinario
Qué expresión tan incómoda en sociedades obsesionadas con lo extraordinario.
Hirayama hace con amor acciones que cualquiera despreciaría: limpiar un inodoro, doblar una sábana, fregar el suelo. Lo cotidiano se vuelve para él un momento íntimo en el puede demostrar su amor por el detalle. Hirayama realiza cada acción del día de forma consciente y se esfuerza para que el resultado sea el mejor posible.
Su compañero de trabajo, Takashi, no lo entiende.
Se trata de un joven que pasa su jornada mirando el teléfono móvil mientras limpia aseos. La devoción al trabajo de Hirayama le asombra, llegando a preguntarle cómo puede estar tan comprometido cuando los baños volverán a ensuciarse pronto.
Hirayama no pierde el tiempo, le manda a limpiar y continúa fregando con dedicación.
Su filosofía se resumen en: “Hagas lo que hagas, hazlo lo mejor que puedas.”
Pero no te equivoques, Hirayama no está obsesionado con ser productivo.
No compite por ser el que más rápido limpia o el que mejor lo hace. Solo le interesa respetar cada acción y momento. Haga lo que haga, jamás lo hará a medias, nunca hace multitarea y no se apresura.
Si te habla, te mirará a los ojos, no al teléfono mientras te habla.
Si friega, fregará con sumo detalle, no para terminar pronto y volver a casa.
Todo a su debido momento y con máximo respeto.
Y lo más impactante: en un mundo que mide el valor de una persona por su cargo y bienes, Hirayama se esmera con orgullo en un trabajo que otros ni ven. Aún así, Hirayama no se deja pisotear, él no es tonto.
No es alguien ingenuo y tiene muy claros sus límites.
Cuando su compañero deja el trabajo y el jefe pretende que haga el doble de trabajo, Hirayama se planta. Con respeto, pero con firmeza, advierte a su jefe de que no hará dos trabajos por mucho que le paguen. La escena, breve y sobria, reordenó algo en mí: puedes vivir despacio, ser contemplativo, humilde… y, a la vez, saber imponerte.
Tras la jornada de trabajo y algún nuevo komorebi fotografiado, volvamos a su casa.
No hay televisión. Ni ordenador. Ni smartphone. Ni siquiera una cama, duerme en un futón sobre el suelo. Lo que sí hay es libros de segunda mano, brotes de plantas que rescata de los parques por los que pasea para cultivarlos y una estantería de casetes.
Hay espacio para escuchar y para pensar. Es un espacio sencillo y con lo esencial.
¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste si “más” era, de verdad, mejor?
Su casa me hizo reordenar la mía.
Un día, fue con su compañero Takashi a una tienda de artículos retro.
El dueño le ofreció una suma de dinero enorme por su colección de casetes originales antiguos en tan buen estado. Hirayama ni pestañea, no hay trato. No es desprecio por el dinero, es que no necesita más para vivir como quiere vivir. Y eso, en una sociedad que desea siempre tener más y más bienes, te hace reflexionar sobre qué es lo que priorizas en tu vida y por qué lo haces.
Un estilo de vida sencillo y elegido por él es lo que hace plena la vida de Hirayama.
Es una lección para sobrevivir al siglo XXI.
La pregunta, inevitable, es esta: ¿qué significa llevar una vida plena?
Para muchos, el éxito es sinónimo de visibilidad, acumulación de bienes y velocidad.
Hirayama da una respuesta nada convencional.
La clave está en si eres dueño de tu atención o la entregaste a las prisas y la tecnología como su compañero Takashi. De si disfrutas de cada instante y de aquellos hábitos que se volvieron rituales que repites cada día y te hacen ser quien quieres ser.
No creo que la película te diga “renuncia a tus ambiciones” o “vete a limpiar baños”.
Eso sería no entender el mensaje.
Lo que propone es más exigente: preguntarte qué priorizas y a qué ritmo vives.
Quizás, la clave para disfrutar del paso de los días es vivir nuestra vida un poquito más como Hirayama. Un poquito más de pausa. Un poco menos de estímulo constante. Un ritual pequeño y placentero que devuelva el gusto por la rutina: regar una planta, elegir una canción y escucharla entera, sin saltar. Salir a caminar y quedarte quieto cuando la luz atraviese un árbol para no perderte el komorebi…
Desde que vi Perfect Days, no lo olvido: ahora es ahora; la próxima vez, la próxima vez.
No sé si el cine puede cambiar tu vida.
Sé que esta película cambió la mía.
Ahora es ahora.
✍️ Te toca a ti: ¿Cómo protegerás tu atención del ruido (prisa, pantallas) y usarás ese tiempo para crear rituales que den dirección a tu vida?
💭 Cita del día: “La próxima vez es la próxima vez. Ahora es ahora.” — Hirayama
¡Nos vemos en la próxima! 👋
Referencias 📚
Wenders, W. (2023). Perfect days.











Hay un fenómeno botánico que se llama "timidez de corona" o "timidez de copa" que describe la complejidad de algunas interacciones de especies de arboles y la permeabilidad de la luz de sol que me vino ala memoria en un fragmento de la lectura.
https://en.wikipedia.org/wiki/Crown_shyness
Me dieron ganas de ir a Japón solo por visitar aquellos baños públicos.